Su primo presumía ante ella todos los años. No era costumbre en su colegio celebrarlo, ni le habían regalado libros. Los primeros libros que llegaron una mañana de Reyes fueron “su tesoro”, dos tesoros, una selección de cuentos encuadernada en tela tono teja anaranjada, tamaño folio para las páginas dibujadas de patitos feos, casitas de chocolate, sastrecillos valientes, sombrereros en dos dimensiones, y el primer libro de películas de Walt Disney… Inenarrables las sensaciones que vivió recorriendo aquellas viñetas con ojos de sala de cine… Incontables las veces que sus dedos acariciaron aquellas páginas… tantas que la tela blanca, amarillenta ya, de la cantonera se fue abriendo dejando al descubierto las puntadas y la cola reseca que la unían a las hojas… se separaron del todo y quedaron desmembradas las tapas. Años más tarde fueron rescatadas por una mano que en aquel entonces parecía la mano que tomaría su mano como en las páginas del libro, como en los cuentos… el libro se recompuso, sus pastas volvieron a estar unidas protegiendo los sueños de colores dibujados… Las manos se alejaron y otras manos, menudas, alegres, inquietas, soñadoras, fueron acariciando de nuevo aquellas hojas. No fueron “el tesoro” de nadie más… ese tipo de tesoros ha de ser elegido o elegirnos él a nosotros.
Luego llegaron “Mujercitas” “Heidi” “La Jerusalén liberada” “La cabaña del tío Tom”… Fueron rescatados del altillo del armario, del “desván” como le llamaban, “Grandal”, “Los Invasores”, “La Pimpinela escarlata”… “Corazón”… En casa de su primo se aficionó a “Los siete”… Luego recuerda haber comprado “Rimas y leyendas”, “Frankestein”, “Veinte años después”, “La madre”… Iba picoteando de aquí y de allá… como un gorrión hambriento, meciéndose en sus claveles del aire, en sus balcones abiertos, viajando en ellos sin necesitar billete de ida y vuelta… para volar, para irse al último rincón del Universo…. sin rozar el suelo… y de pronto, en algún lugar… tal vez contemplando el lamento de una rosa no domesticada, o el abrigo azul de un pequeño piloto de avión, o buscando sus propias alas… el gorrión se durmió.
Luego llegaron “Mujercitas” “Heidi” “La Jerusalén liberada” “La cabaña del tío Tom”… Fueron rescatados del altillo del armario, del “desván” como le llamaban, “Grandal”, “Los Invasores”, “La Pimpinela escarlata”… “Corazón”… En casa de su primo se aficionó a “Los siete”… Luego recuerda haber comprado “Rimas y leyendas”, “Frankestein”, “Veinte años después”, “La madre”… Iba picoteando de aquí y de allá… como un gorrión hambriento, meciéndose en sus claveles del aire, en sus balcones abiertos, viajando en ellos sin necesitar billete de ida y vuelta… para volar, para irse al último rincón del Universo…. sin rozar el suelo… y de pronto, en algún lugar… tal vez contemplando el lamento de una rosa no domesticada, o el abrigo azul de un pequeño piloto de avión, o buscando sus propias alas… el gorrión se durmió.
