jueves, 12 de agosto de 2010

Es mi pequeño mundo, mi pequeño rincón, mi pequeña esquina, mi pequeña lengua, mis pequeños sueños, mi pequeña alegría, mi pequeña tristeza… Si te doy mi mundo, mi rincón, mi esquina, mi lengua, mis sueños, mi alegría, mi tristeza... no te preocupes, no soy contagiosa, no contamino, no dejo huella, no dejo marcas en tu gran mundo, en tu oculto rincón, en tu centro perfecto, en tu lengua callada, en tus sueños prohibidos, en tu vivir la vida, en tu sonrisa perpetua… Como llegué me voy, sin dejar huella. Como llegaste te fuiste, sin dejar huellas. La única diferencia entre nuestros dos mundos está en que yo no me siento una extraña en el tuyo y tú te sentirías perdido en el mío. Yo sé vivir en tu mundo, sé disfrutar tu mundo porque me gusta el mío. Claro está que yo a tu mundo voy de visita, sin invitación previa, porque yo soy la que me invito, la que me lleva del brazo, la que me acompaña, la que se habla a sí misma. Yo no te invito tampoco. Sería inútil. Si algún día traspasas tu umbral, si dejas de ser fugitivo de ti mismo, si dejas de ser cobarde, si dejas de ser desconfiado, si permites que algo dentro de ti se asome sin miedos, si te acuerdas de que hay pequeños rincones, si quieres conocerlos, invítate a ti mismo a dejar de ser hermético, invítate a llevarte del brazo y atrévete a eso de lo que presumes tanto… atrévete a vivir. Sí, atrévete a vivir, arriésgate a vivir, permítete vivir… Sólo cuando te sientas vivo dentro de ti, cuando no te niegues a ti mismo, cuando te dejes ser, sabrás lo que es estar vivo. Tranquilo… recuérdalo, no contamino. Un consejo en contra de toda lógica y en contra de toda sabiduría: Si ves que el camino no lleva a ningún lado, tal vez sea porque tú no quieres ir a ningún lado. No porque el camino semeje ser errado es un camino sin salida, sólo se pierde quién no sabe lo que busca al caminar. Sólo tiene miedo y huye quien se siente cobarde para encontrarse, para reconocerse, para aceptarse, para decirse, para sonreírse, para llorarse, para amarse, para darse.



Vuelvo a mi rincón pequeño, imperfecto, solitario, silencioso, húmedo, mío. No me esconderé detrás de otras puertas. No quiero disfrazarme de otros, no quiero fingir la vida de otros, no quiero ser otros. No quiero lastimar, no quiero herir, no quiero dejarme amar, no quiero amar sin amar... nunca más, nunca más, nunca más.

martes, 10 de agosto de 2010

En la habitación número catorce del tercer piso de la residencia de las Hermanas de María Inmaculada, había un espejo, escueto, rectangular, justificado, apropiado. El espejo era mínimo para no provocar las veleidades de la contemplación del propio cuerpo. Era también máximo para poder ser utilizado en su aspecto de útil de aseo, higiene y peinado. Por lo tanto, el espejo en cuestión, no permitía la contemplación del escote, del perfil sinuoso de los cuerpos casi adolescentes, ni de los torneados muslos que se prolongaban más allá de aquellas caderas invisibles y de aquellas nalgas tan invisibles o más para el espejo y para quienes en él se contemplasen.



Más allá del espejo, respaldándolo, rodeándolo, se extendía una pared de asépticos, cuadriculados, fríos, azulejos blancos de quince por quince, protegiendo la pared, blanca, de los excesos del cuerpo del grifo que reinaba sobre un lavabo tipo Roca, blanco, sin redondeces excesivas, austeramente necesario. Más acá del espejo, el calor de los cuerpos, la juventud de los cuerpos, el despertar de los cuerpos, la eclosión de los cuerpos de mujer recién mujer, mujer sintiéndose mujer, se ingeniaban encaramándose en un mínimo taburete y contemplaban lo que no debía ser contemplado, complaciéndose en ello, sintiéndose dueñas de lo que lo el escueto tamaño del espejo quería ocultarles.


Luego descendían del taburete y unos labios rojos entreabiertos se sonreían mientras contemplaban sus ojos en el espejo. No faltaba nada. Todo esperaba del otro lado de la puerta. Todo estaba frente al espejo.


En la habitación número catorce del tercer piso se escuchaba tararear aquellos versos de un poeta llamado Miguel y de otro de nombre Federico:






“Juventud solar de España, que pase el tiempo y se quede con un murmullo de huesos heroicos en su corriente… “






“Sus muslos se me escapaban como peces sorprendidos, la mitad llenos de lumbre, la mitad llenos de frío. Aquella noche corrí el mejor de los caminos, montado en potra de nácar sin bridas y sin estribos…”